¿Sirve de algo estudiar tantas matemáticas?


Como algunos ya lo habrán notado, somos matemáticos. El lenguaje del Universo, como lo definía Galileo, es nuestra pasión más grande y, como cualquier otro apasionado por su disciplina, a menudo nos encontramos defendiéndola. Cuando la gente se entera lo que hacemos, dos reacciones curiosas ocurren con mayor frecuencia. Un grupo grande narrará sus emociones y experiencias durante su proceso de aprendizaje y, otro grupo, no menos importante, preguntará con frontalidad: ¿Y eso para qué sirve?

Respecto de este segundo subconjunto de individuos, mis colegas suelen tener, así mismo, dos maneras diferentes de reaccionar. Una gran parte, los más filosóficos, dirá que la pregunta en sí no tiene sentido; que las matemáticas tienen una estructura lógica y un sentido propio tal que no es necesario buscarle siempre aplicaciones. Es como preguntarse para qué sirven el arte o la música; simplemente son preguntas absurdas. Otros, los más pragmáticos, insistirán en que las matemáticas están en todas partes. Estos últimos suelen sacar a relucir abundantes ejemplos trillados como construcción de edificios, telecomunicaciones, computadoras, etc.

Ambos argumentos tienen razón, no obstante hay que reconocer que ninguno es respuesta suficiente para la verdadera inquietud formulada. En realidad, la pregunta que uno debe contestar es: ¿Por qué demonios tuve que aprender logaritmos, matrices, teoremas y tantas otras tonterías que jamás volví a utilizar en toda mi vida?

La respuesta es muy sencilla. Las matemáticas son formativas incluso más allá de los ámbitos académicos o profesionales. Cuando se enseña correctamente ellas dejan en nuestro cerebro un conjunto de hábitos, habilidades y otras herramientas intelectuales de indudable valor social e individual, fundamentales para cualquier ser humano durante toda su vida. Nos enseñan, principalmente, tres cosas:

 

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Primero, nos enseña a pensar. Cuando se hace matemáticas se utilizan pocos conceptos bien definidos, en un discurso perfectamente razonado y sin prejuicios, dentro de una frontera de reglas claras y estrictas que no admiten excepciones, puesto que sus resultados son eternos. Un teorema es para siempre.

 

 

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Segundo, fomenta nuestra creatividad. Porque dentro de esas rígidas fronteras reina la imaginación y creatividad en completa libertad. Al igual que en el arte, nos dejamos llevar por nuestra intuición y sentidos de tal forma que cada solución o demostración es de carácter personal. Al leerlas, se puede adivinar la mano del autor, tal y como se adivina al artista al contemplar su obra.

 

 

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Y tercero, nos inculca valores. Las matemáticas obligan a la honestidad y humildad. No puedes engañar a los demás sin antes engañarte a ti mismo. Siempre hay retos distintos que superar y tarde o temprano encuentras tus límites y debilidades, los mismos que, así mismo, aprenderás a vencer con tiempo y esfuerzo.

 

 

En un mundo cada vez más complejo, es vital fomentar no sólo el aprendizaje de las matemáticas, sino la enseñanza adecuada de las mismas. Sin lugar a dudas, es un medio pedagógico muy poderoso, capaz de potenciar nuestro ingenio y creatividad, así como también mejorar nuestro razonamiento lógico y transmitir sólidos valores, todas herramientas sumamente útiles, no sólo para sus estudiantes, sino para cualquier persona en general. Las matemáticas son el mejor camino para hacernos más humanos, mejores ciudadanos y mejores personas.


Artículo original escrito por Fernando Alberto Alvarez para OMEC.

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